Igualdad/diferencia, la ruptura política del feminismo

Relatorio de Relazione di Maria Luisa Boccia en la convención “Il lungo Sessantotto”, de Rifondazione comunista, celebrado en Roma el 17 de noviembre de 2018.

La primera exigencia que advierto en el cincuenta aniversario del Sesenta y ocho es sustraerlo al mito, ya sea de la celebración, ya sea de la condena.

De la celebración, como evento irrepetible que cierra una época y abre otra.

De la condena – hoy muy presente – que, al contrario, lo considera la primera fuente de los fracasos de la sociedad contemporánea: antipolítica, hiperindividualismo, saturación del deseo en el goce, damnatio memoriae. Una especie de heterogénesis de los fines desde las instancias revolucionarias a la gubernamentalidad neoliberal.

Para sustraerme al mito, más bien para combatirlo, hablaré del “presente del Sesentayocho”, como lo define Francesca Socrate, en un bello libro, lleno de testimonios (“Sessantotto. Due generazioni”, Laterza 2018).

Es, en mi criterio, el modo para comprender la relación entre el evento y, de un lado, las tendencias que lo anticipan, espesándose, precisamente, en un emerger político, y por otro, sus efectos, su perdurar en otras experiencias y movimientos políticos.

Enfocar el presente quiere decir ponerse en la perspectiva de la subjetividad, de la experiencia vivida y actuada por las protagonistas y por los protagonistas del Sesenta y ocho. Coger de él los rasgos destacados, sin pretender llevar a la coincidencia lo vivido y los acontecimientos, o lo que es lo mismo, los rasgos más objetivos que lo determinaron (como, por ejemplo, la ampliación “de masas” de la Universidad, la guerra en Vietnam, en general el contexto social y político en el que interviene y sobre el cual influye).

Es este, por lo demás, el único modo para interrogarse sobre la relación con el feminismo. Un primer lazo evidente es que del Sesenta y ocho son protagonistas mujeres jóvenes que serán la componente numéricamente más relevante del feminismo en los primeros años Setenta. Esto no quiere decir considerar el Sesenta y ocho como el origen, político y cultural, del feminismo.

El “venir antes” no es correcto ni siquiera desde el punto de vista cronológico. El DEMAU, uno de los primeros colectivos feministas en Italia, escribe su “Manifiesto programático” sobre la “dominación masculina” en 1966. El primer acto de separatismo tiene lugar en una asamblea en la Universidad de Berkeley, abandonada por las mujeres, para protestar contra “la especificidad de la condición femenina”, incluida entre los temas a debatir. Lo recuerdo porque el separatismo es la cifra esencial de la relación entre Sesenta y ocho y feminismo.

Antes de afrontar esta relación, quiero detenerme brevemente sobre aquello que tienen en común y distingue a mujeres y hombres en su ser y sentirse “il movimento”. Y lo digo partiendo de mi. He sentido, y siento todavía, en común con los compañeros de mi generación una vivencia densa de la política. Hemos deseado, amado, detestado, sufrido, actuado, esperado y repudiado con una intensidad extraordinaria, acumulando en un breve tiempo experiencias, sentimientos, convicciones, que nos han marcado de un modo duradero para bien y para mal.

La he definido en un escrito de hace unos años (Le donne e i giovani. I movimenti nell’Italia degli anni Settanta, en Con Carla Lonzi, Ediesse 2014) una experiencia de “felicidad pública”, haciendo mía una expresión de Hirschman (Felicità privata e felicità pubblica, Il Mulino 1982). Aquí “público” no está indicando la esfera institucional, sino la polis.

Estar dentro del movimiento ha querido decir, sobre todo en la primera fase decisiva de las ocupaciones de las Universidades, llevar a cabo una experiencia existencial absolutamente inédita, en un entrecruzamiento entre vida y política que eliminaba las formas, los instrumentos y los significados preexistentes de vida y de política.

Es suficiente estar ahí para ser “el movimiento”. Y es una presencia abierta, de contornos indefinidos, pero también indistinta, porque no admite diferencias en su interior.

Esta eliminación activa, no sufrida, de las diferencias, ha sido obviamente crucial para las mujeres. Pero no solo para nosotras. Estoy convencida de que ha sido determinante en la evolución de la subjetividad y de la experiencia misma del Sesenta y ocho.

Antes de abordar esto, querría aclarar dos aspectos, para mi esenciales, sobre el entrecruzamiento entre vida y política. Por un lado, sobre la transformación personal de quien ha sido parte en aquella experiencia, por otro, sobre la transformación política del sentido de la vida y de las relaciones humanas.

El primero es el antiautoritarismo, que yo leo de modo diferente, pero no en contraposición, a Raoul Mordenti y Luigi Ferrajoli. Lo considero realmente un acto subjetivo de libertad, una afirmación de autonomía, de quien no puede y no quiere ya encomendarse a la autoridad. Ya no someterse a los padres: al padre familiar, al padre político, al padre del saber. En resumen, al padre como figura simbólica, autor de la Ley, social y simbólica.

Ha sido un acto que ha quitado crédito a las verdades adquiridas; el movimiento decisivo para la crítica del orden instituido, tomado en su complejidad y en su globalidad, como los proyectos para instituir un nuevo orden. Esto es, ha puesto también en cuestión a los padres de la tradición revolucionaria.

El segundo aspecto es la liberación sexual, es decir, el descubrimiento perturbador del deseo como potencia, precisamente simbólica, que transforma la falta en posibilidad, en un diferente modo de ser y una diferente relacionalidad.

Esta liberación sexual no ha tenido, sin embargo, la misma posibilidad de libertad para mujeres y hombres del Sesenta y ocho. Lo expresan bien algunos testimonios recogidos por Francesca Socrate: “hacer el amor debía ser liberador”; “era difícil rechazar”; “debías demostrar no ser prude”. Carla Lonzi ha definido esta estación de liberación sexual como un nuevo imperativo impuesto por los hombres a las mujeres. Escribe en La donna clitoridea e la donna vaginale: “El hombre puede pedir un tipo de mujer emancipada cuyo erotismo se desarrolle confirmando las pretensiones del sexo dominante, cuya prepotencia aumenta con el aumento de su libertad”.

Aun hoy deberíamos reflexionar sobre en qué medida el dominio puede concentrarse en una ideología y una práctica sexual que, en nombre de la libertad, prometen la prevaricación del placer masculino y la necesidad de posesión y complicidad del que está empapado.

Voy a la eliminación “activa” de las diferencias a la que he hecho referencia, como aspecto esencial del compartir la vivencia política. Lo definiría una mistificación de la igualdad, o una práctica retórica de la igualdad, que quita espacio a las subjetividades precisamente mientras las promueve y convierte en protagonistas. El “Nosotros” realmente absorbe al yo, y no hace espacio a su diferencia. Esta eliminación favorecerá, en el corto espacio, a un desplazamineto de la política hacia concepciones y prácticas más tradicionales.

Acaba, o queda en segundo plano, la política existencial, o lo que es lo mismo, el extraordinario entrecruzamiento de vida y política, y se sitúan en primer plano otros aspectos: la organización, los objetivos, la visibilidad sobre la escena pública.

Vencen proyecto, lógica del poder, lucha como manifestación callejera y enfrentamiento frontal con el sistema: esto es, se relega la invención de otra política, y de otro modo de pensarla y practicarla.

Las mujeres advierten el contraste con más intensidad que los hombres: “ya no me divertía”, “se volvía atrás”, “se perdía la dimensión de las relaciones”. Son solo flashes, pero los testimonios recogidos por Socrate documentan de modo sustancial este aspecto.

El separatismo, esto es, la elección de las mujeres de hacer política entre mujeres y con mujeres, llega en este momento. Esto es prácticamente simultáneo al nacimiento de los grupos, de los partidos de la izquierda llamada extraparlamentaria.

Nuevamente, procede aclarar que los grupos de autoconciencia no se forman todos entonces, pero su difusión y el acto de implicar a la generación femenina del Sesenta y ocho sucede en aquel momento. Más bien, durante un largo periodo, en los años Setenta, el separatismo se expresa en la modalidad de la llamada “doble militancia”: política de las mujeres y política en los grupos denominados “mixtos”, donde la primera orienta, para las mujeres, a la segunda.

La doble militancia indica tanto una fuerte implicación en la política compartida con los hombres, como que en aquella implicación las mujeres no encuentran respuesta a la pregunta que se convirtió entonces en central: ¿Quién soy yo, mujer? Para repensar el sentido de la diferencia sexual – ser mujer y no hombre – la igualdad no ofrece realmente respuestas.

Puede considerarse el feminismo, también por parte de las mujeres, en relación genealógica con el Sesenta y ocho. La lectura más relevante en esta clave la ha dado Mariella Gramaglia, en Problemi del socialismo” (n.4, 1968): un venir después e ir más allá.

Sin embargo, este venir después del feminismo no me convence. Me convence más la lectura de Carla Lonzi, ya vuelta a reivindicar por Eleonora Forenza. Diez años después, en el Setenta y ocho, en una carta a L’Espresso” Carla Lonzi escribe que “para entrar en el espírito feminista, las jóvenes han debido socavar no poco las palabras clave, los modos y los mitos sesentayochistas. Ha sido a pesar del `68 y no gracias al `68 que han podido hacerlo”.

No existe correspondencia, aun menos coincidencia, entre la libertad femenina y la lucha de liberación que la política del Sesenta y ocho ha expresado. Al contrario, como escribe Lonzi en “Sputiamo su Hegel” (Scritti di Rivolta femminile, 1970): “el problema de la mujer no se resuelve en la igualdad, sino que continúa en la igualdad, no se resuelve en la revolución, sino que continúa en la revolución, el plano de las alternativas es una fortaleza de la preeminencia masculina”. Nosotras, mujeres jóvenes que hemos hecho el Sesenta y ocho, hemos nacido emancipadas y crecido igual a nuestros compañeros: no éramos discriminadas, y habíamos, como he dicho, compartido con ellos experiencias, pasiones e ideas. Pero también habíamos experimentado la brecha entre el ser percibidas/pensadas como iguales y el descubrirnos diferentes.

En los años Setenta, abierta la separación que ya no se ha cerrado, el feminismo ha continuado produciendo política entre mujeres con la práctica de la autoonciencia y del partir de sí. Sin embargo, en el separatismo ha actuado ampliamente, como ya he señalado, una relación de contaminación y diferenciación con la galaxia de los partidos, movimientos, asociaciones que en el Sesenta y ocho han tenido una referencia común. Existe un momento en el que la diferenciación ha prevalecido, y ha sido el Setenta y siete. Una nueva generación de mujeres se separa de aquel movimiento de un modo, si es posible, aun más radical, expresando la incompatibilidad entre su política y la del movimiento.

¿Era posible otro resultado que esta fractura? Es la misma Lonzi quien extraordinariamente habla de la posible alianza entre el joven y la mujer.

El fundamento político teórico de esta alianza es llamado por Lonzi “rechazo” del padre: “la mujer que rechaza la familia y el joven que rechaza la guerra constituyen dos colosales desmentidos de la autoridad patriarcal”.

En la oposición a la guerra de Vietnam no está solo el antiimperialismo. En las cartillas quemadas por los estudiantes en las Universidades americanas existe una motivación pacifista de repudio de la guerra. El joven que rechaza la guerra, rechaza un modelo de virilidad, de chantaje para los propios hombres, que se apoya sobre la afirmación de la supremacía del hombre sobre el otro sexo. Pero los jóvenes sesentayochistas han cedido al llamamiento a la alianza entre hombres en la organizada lucha de masas anticapitalista. En la alianza con la clase obrera se pierden las motivaciones originarias de la revuelta estudiantil. Confluyentes (y divididos) en los partidos/grupos, los estudiantes se presentan más bien como vanguardia de las luchas de clase. En todo caso, “estudiantes y obreros unidos en la lucha” anula la diferencia sexual. El joven abandona su terreno de lucha contra el patriarcado, y en su matriz antiautoritaria subentra la lógica de las relaciones de fuerza y del poder.

La alianza le parecia a Lonzi posible, a causa del corte llevado a cabo en el origen del Sesenta y ocho con las formas de subjetividad política de la tradición revolucionaria. Aquella alianza faltó cuando los hombres toman el camino de la repetición: de una idea de revolución y de un modo de hacer política. De un modo de ser en las relaciones entre mujeres y hombres y, por tanto, entre hombres. Para que la alianza fuese practicable e incisiva procedía que los hombres reconocieran la asimetría entre ellos y las mujeres o, lo que es lo mismo, que reconocieran ventaja a las mujeres, porque la revolución femenina tiene en sí las condiciones para desbloquear precisamente la lógica de las falsas alternativas, de las luchas de poder entre hombres que, en todo caso, se apoyan sobre la persistencia del paternalismo y de la autoridad patriarcal.

Los resultados negativos de aquella alianza que no se produjo marcan profundamente el presente. Existe una reacción y una cautela respecto a la afirmación de una política diferente, que se expresa hoy en un retorno de violencia en las relaciones entre mujeres y hombres.

Realmente, la libertad de las mujeres ha avanzado, ha puesto en crisis la identidad masculina. Para superar la angustia de la pérdida de sentido, en todo caso de un fracaso de aquel modelo de virilidad, se difunde entre los hombres el recurso a la violencia, privada y pública. El aut aut de las relaciones amigo-enemigo crece dentro de la sociedad; no solo entre el arriba y el abajo, sino horizontalmente. Y se expresa en primer lugar en violencia contra las mujeres.

A diferencia de como es presentada en los medios de comunicación y en la política institucional, la violencia contra las mujeres no es marca del perdurar, inmutado, de la opresión tradicional, sino consecuencia de la crisis de la virilidad y de la identidad masculina. En el plano político, la lógica de las alternativas frente al poder se presenta hoy paralizada, ya no parece realísticamente practicable sino en su dimensión destructiva.

La alianza que faltó presenta dos riesgos, dos insidias, para la política de las mujeres . El primero es el separatismo estático, es decir, el encerrarse en la política de las mujeres como ámbito exclusivo y circunscrito; el segundo es el mimetismo de lo masculino. Es una tendencia difundida en la sociedad y en las instituciones, incentivada por la representación mediática, promovida por la igualdad de oportunidades, cuotas, medidas de atención a la mujer. En resumen, igualdad inclusiva se reduce cada vez más a reparto de poderes y roles.

Pero el feminismo es todavía generador de cambios de la subjetividad femenina y por tanto de las relaciones, ya sean privadas o publicas, en todos los ámbitos de la sociedad. Podemos y debemos hablar más bien de feminismos en plural, siempre que no se pierda la matriz común, la que permite intercambio, también en el conflicto, dentro de la política de las mujeres. Esta matriz común es la toma de conciencia de la singularidad, sin la cual la libertad se queda en un enunciado sin sujeto.

Partir de sí, este es el principio de la política feminista, no quiere decir quedarse en sí, sino revertir el mundo para mofificarlo. Y el feminismo ha producido ya cambios profundos que permiten hablar de revolución antropológica.

No existe Una teoría y Una política feminista, en el sentido de que no existe un proyecto y un programa en el que referenciarse. El desafío es el de mantener vivo el nexo entre toma de conciencia de la singularidad y significación común.

Un nexo que, precisamente, el Sesenta y ocho había puesto en práctica y que después ha sido abandonado. Una mujer que habla a partir de la conciencia de que la suya es una palabra de mujer que habla a todas pero no habla en nombre de todas: esta es la matriz de la crítica feminista a la representación.

Para mi, la preocupación más fuerte hoy es que los hombres no sostengan el paso a esta transformación, que pravalezca en ellos la resistencia, en las más diversas formas, en relación al ponerse en juego. Dado que el feminismo es una revolución en acto, nunca completada definitivamente, sin este desplazamiento masculino será más difícil actuar.

(Maria Luisa Boccia)

Publicado el 17-4-2019 en la web del CENTRO RIFORMA STATO. Traducido por Administrador, puede leerse el original aquí:

https://www.centroriformastato.it/uguaglianza-differenza-la-rottura-politica-del-femminismo/?fbclid=IwAR1cP3wFZQAmQlUBWzPv4XRKpSwc1B6Z_2yYmHfxdWdKM6RV-b5_xb4VJyg

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