La izquierda, entre los sueños perdidos y una felicidad más lejana

Excavando en las honduras del Archivo Pietro Ingrao, el editor, Alberto Olivetti, encontró algo extraordinario que Ediese, la casa editorial de la CGIL, publicó hace muy poco tiempo con un título curioso, “Tentativo di dialogo sul comunismo”. Intento: Ingrao, leído y releído el texto en el que Ferdinando Camon había adensado las tres largas conversaciones que habían tenido entre diciembre de 1993 y mayo de 1994, decidió no hacer nada con ellas. No estaba satisfecho. Y Camon, que era insistente en publicarlo, comprendió bien el por que. “Dialogando con él …. tenía la impresión de que lo que decía era menos de lo que pensaba y vivía. Sentía una pasión más alta que su discurso, que el discurso atenuaba y reducía la simples palabras …. Quien vivió toda una vida para realizar el comunismo adopta una experiencia que en un tiempo no comunista no es decible y no es comunicable“, escribe en la introducción al libro apenas salido. Y en muchos aspectos tiene razón. Es verdad, muchos comunistas italianos, incluido Ingrao, en “Volevo la luna” (Einaudi en el 2006), escribieron después, en todos estos años, del comunismo italiano y de ellos mismos. Pero el patriarca que rechaza tercamente archivar aquella palabra grande y terrible, comunismo, razona sobre eso en el salón de casa con el narrador véneto cuando la bandera roja había sido arriada del Kremlin apenas hacía dos años. Con un trentenio al menos de crítico severo de la Unión Soviética, Ingrao no aprecia mucho, juraría, a Evgenij Evtusenko, el bardo de un descacuerdo algo más que cauteloso. Pero se reconocería, quizá, en sus versos: Arrivederci bandiera rossa…/Ora, nel gran bazar d’Ismajlovo/ti smerciano per pochi dollari, alla meglio./Io non ho preso il Palazzo d’Inverno./Non ho assaltato il Reichstag./Non sono un kommuniak./Ma guardo la mia bandiera e piango“. Solo parcialmente, sin embargo, Ingrao no llora y no se lamenta. Intenta, más bien, estando, como él decía, “nel gorgo”, encontrar razones para que aquel comunismo, sino un comunismo entendido como “tensión hacia la felicidad”, vuelva al terreno, porque su caída, sostiene, “produjo un retroceso también de las otras doctrinas, que hoy prometen menos que antes, como si en la conciencia de toda la humanidad, también la no comunista, la idea de felicidad se tuviera alejado“. Rechaza la idea, hoy aceptada ni siquiera demasiado implicitamente por sus compañeros, de que la historia haya acabado con una derrota sin remisión. Pero sabe bien que el mundo de ayer, el mundo del que, aun en una posición de frontera herética, formó parte toda su vida, se vino abajo. Más que caminos nuevos, intenta, aunquee un poco en desorden, imaginar refundaciones radicales: «El comunismo de ayer era todo “hacer”, todo “trabajo”, el comunismo de mañana ….. debe ser un comunismo “romántico”, “psicológico”, “sentimental”, que recuperarà también propuestas de la edad preindustrial, sin repetir las condiciones infrahumanas de la vida labradora” decrita por Camon en sus novelas.
Probabelmente
el mismo Ingrao sabe bien, y también por esto, pienso, se convence de no publicar nada, que estas mriradas lanzadas, entre las ruinas, a un futuro como nunca hipotético, caerían sobre él, pero elevadas la potencia, las acusaciones, cargadas de burla, de ser “sólo” un poeta, que en la política quiere decir un atrapanubes. Y aquellos que conocieron a los Ingrao se conmoverán también un poco, leyendo las brevísimas intervenciones de la mujer, Laura, que aparece por instantes en la conversación como para tirarle afectuosamente de la manga, y ayudarlo (verdaderamente, sin gran éxito) a huir de esta trampa introduciendo alguna anotación más “realista”. Hicieron bien Olivetti, Camon y Ediese en enviar a las librerías un texto que, hace un cuarto de siglo, el interesado prefirió que quedase en el cajón. Ese afanarse sobre cómo una esperanza de liberación (porque Ingrao continúa leyendo así la Revolución de Octubre) se transformó en una pesadilla pertenece completamente al Novecento, y el Novecento ya emitió sus sentencias.

Pero existen jóvenes, quizá más numerosos de lo que se piensa, a los que, claro, no el cumunismo, pero sí el rechazo terco de aceptar la idea de que este sea el mejor, y en todo caso el único, de los mundos posibles, puede decirles algo. Muchos (la gran mayoría) no tienen una casa partidista, otros (no tantos) la tienen pero, tal como es de reducida, les resulta muy estrecha y querrían reestructurarla radicalmente. A estos últimos les dio voz “La sinistra e la scintilla”, el libro (a leer) de Giuseppe Provenzano, que a los treinta y siete años es videdirector de la SVIMEZ y que milita todavía en el P.D., recién publicado por Donzelli: una crítica sin piedad a la izquierda “que perdió porque se convirtió en centro”, un llamamiento, y algo más, “a dos o tres generaciones a las que la izquierda no les dio nada” para que esta izquierda la tomen, y en nombre de una idea moderna de socialismo. No existe nada que conecte, histórica y políticamente, a un joven neosocialista como Provenzano con Ingrao, que llegó a los cien años como comunista. Excepto el convencimiento, de algún modo común, de que “el destino no está marcado”, y que las razones de la izquierda, no sólo la igualdad, pero antes que nada la igualdad, cuando todo parece hablar en sentido contrario, son aun actuales, y quizá más actuales que nunca, siempre que haya una fuerza que tenga la capacidad, y antes aun el deseo, de evocar y de hacerlas contar.

(Paolo Franchi).

Tomado de la web de CENTRO RIFORMA STATO (donde se publicó el 29-4-2019), publicándose inicialmente en IL CORRIERE DELLA SERA. Traducido por Administrador, puede leerse aquí el texto en italiano:

https://www.centroriformastato.it/la-sinistra-tra-i-sogni-persi-e-una-felicita-piu-lontana/?fbclid=IwAR2aVEerTPvLQAi0vrqlZu9leqBmAaI_I54UlFBoWG9GFEVLS4d-07WpT7M

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