La democracia en Europa, treinta años después de la caída del muro de Berlín

Treinta años después de la caída del muro de Berlín, todas las premisas y promesas del Ochenta u nueve parecen haberse convertido en su contrario: del abatimiento de la barrera que dividía Alemania a la construcción de aquella contra los migrantes, del triunfo a la crisis de la democracia liberal, de la reunificación de Europa a las noticias falsas que la conmueven, del fetichismo del mercado a la catástrofe financiera del 2008, de la sociedad abierta a los repliegues identitarios, del proyecto supranacional de la UE a los populismos soberanistas, de los movimientos de protesta en nombre de los derechos humanos a las leyes contra las ONG. ¿Cómo interpretar esta inversión? Un libro de Jack Rupnik explica por qué el ciclo político comenzado en el ’89 con la bandera del neoliberalismo se agotó, y qué heridas deja en el cuerpo de la democracia europea. Un artículo de Ida Dominijanni para “Internazionale”.

Más tarde o más temprano, la historia presenta siempre sus cuentas, frecuentemente se trata de una factura cara y a veces no carente de cierta ironía. Debe ser realmente por la ironía de la historia por lo que las elecciones europeas del 26 de mayo, las primeras en las que se puso en juego la misma supervivencia de la Unión Europea, tuvieron lugar justo a los treinta años de aquella fatídica caída del muro de Berlín que desde Europa decidió la reunificación. Y debe ser por una burla de la historia que la proclamación de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, potente empuje propulsivo para los populismos y los soberanismos europeos, tiene lugar justo el mismo día de la caída del muro, el 9 de noviembre, casi negando, veinte y siete años después, esperanzas, ilusiones y falsas perspectivas ( ¡ Qué día ¡ Qué día ¡ “La no-democracia liberal acabó, y yo me siento libre de la corrección política”, fue lo que comentó Viktor Orbán sobre el resultado de las presidenciales americanas). Pero en la historia, como en los sueños, según enseñó Freud, las coincidencias de los números no son nunca casuales: nos sitúan sobre lo camino de huellas perdidas o eliminadas, permitiéndonos reconstruir de modo más fiable la genealogía de un presente desmemoriado.

En el presente existe una Unión Europea que el 26 de mayo pasado respiró aliviada repeliendo la amenaza soberanopopulista, pero que permanece lacerada por profundas grietas – territoriales, económicas, sociales, políticas, culturales – en relación a las cuales el deber ser unitario arriesga con convertirse en cada vez menos seductor y eficaz. ¿De dónde nacen estas fallas, y cómo se reparan? Carente, tal como está, de espesor teórico, la política no ofrece respuestas, o las da equivocadas. Frente a la falla económica entre norte y sur abierta con la crisis del 2008, la U.E. respondió con la política de la austeridad y la disciplina de la deuda, y con la fábula de las hormigas y las cigarras, agravándola. Frente a la falla entre este y oeste, diseñada por los experimentos de la “democracia iliberal” en Hungría y Polonia, por las incompletas transiciones democráticas en Serbia y Ucrania, por los regímenes neoautoritarios en Bielorrusia y Azerbayán, la U.E. eludió actuar, contando con la solidez del modelo liberal democrático occidental contra el espectro soberanista, con el único resultado, también en este caso, de agravar la falla y reproducirla en el interior de los países occidentales, en primer lugar en el siempre diligente laboratorio italiano. Y finalmente, frente a la tercera falla, la crisis migratoria que desestabiliza permanentemente las ya lábiles fronteras del continente, la Unión continúa sin responder nada, avalando políticas cada vez más securitarias y dejando que afloren mil muros, en flagrante contradicción con la imagen del “espacio sin fronteras” y de la “sociedad abierta” que debería haber caracterizado a Europa.

Todo esto es suficiente, o debería, para concluir que la reproposición obstinada del recetario neoliberal produjo y reproduce la crisis económica, política y demográfica del viejo continente: y que, entonces, decididamente procede cambiar de camino, rebobinando hacia atrás la cinta de la construcción europea y reconociendo en ella errores, ilusiones, sobreentendidos, paradojas. El 30 aniversario del 1989 sería la ocasión idónea para hacerlo, saliendo finalmente de las narraciones unidimensionales y triunfales de los acontecimientos de aquel año, que constituyeron hasta hoy el núcleo duro de la ideología europeista mainstream. Sin muro. Las dos Europas después del colapso del comunismo, una sólida colección de ensayos del politólogo Jacques Rupnik publicada oportunamente por Donzelli, nos sitúa sobre lo camino justo para esta reconsideración de las tres últimas décadas. De Praga, consejero de Václav Havel en los años noventa, componente de la comisión internacional para los Balcanes y de la de Kosovo, docente en varias universidades europeas y americanas, Rupnik dirige la mirada a los acontecimientos de la Europa del este, del centro y del oeste después de las “revoluciones de terciopelo” del 1989 y la amplicación hacia el este de la Unión Europea del 2004-2007, reconstruyendo un puzzle político, social y cultural del continente más complejo y más completo de cuanto estamos habituados. Pero la motivación del libro es política, y se centra en dos preguntas sobre lo hoy.

Dos preguntas sobre lo hoy.

La primera: el ascenso de los movimientos y gobiernos populistas, soberanistas y antieuropeos, declaradamente iliberales o de una manera evidente neoautoritarios, ¿indica un problema de la Europa centrooriental, reconducible quizá a la herencia del régimen soviético, o anuncia más bien una tendencia transeuropea y trasatlántica de las postdemocracias contemporáneas, tanto más si metemos en la cuenta al gobierno verdeamarillo italiano, el Brexit o la presidencia Trump en los Estados Unidos? En definitiva, ¿se trata de un retorno de oriente o de una deriva de occidente? La segunda: ¿asistimos, hoy, y desde hace algún tiempo, a la conversión de todas la promesas y las premisas del ochenta y nueve en su contrario: del abatimento del muro a la construcción de barreras contra los migrantes, del triunfo a la crisis de la democracia liberal, de la reunificación de Europa a las nuevas divisiones que la atraviesan, del triunfo de la economía de mercado a la catástrofe financiera del 2008, de la sociedad abierta a los repliegues identitarios, del proyecto supranacional europeo a los nacionalismos, de los movimientos de protesta en nombre de los derechos humanos a las leyes contra las ONG, del mito de la governance global a los enrocamentos soberanistas?. ¿Cómo interpretar esta inversión? ¿Se trató de promesas traicionadas o de premisas erradas, o de las dos cosas?

Ambas preguntas remiten a los procesos activados por la “revolución del ochenta y nueve”, aun controvertida en las definiciones que vienen dadas por ella: implosión del sistema soviético, según algunos; práctica de desobediencia civil no violenta según otros; revolución “restauradora”, carente de ideas-fuerza nuevas y orientada únicamente a la imitación de occidente, según Habermas; pero, sin más, para Rupnik, revolución democrática antitotalitaria, la última que convierte a Europa en escenario de un acontecimiento mundial, con repercusiones en otros contextos – las primaveras árabes de veinte años después – y con efectos decisivos sobre la ordenación geopolítica del planeta.

De aquel año convulso, sorprendente e inolvidable puede verse, en las páginas del libro, toda la película: los acontecimientos (Lipsia, Dresde, Varsovia, Praga, Budapest, Berlín, Bucarest); los precedentes (Solidarność 1980, Praga 1968, Budapest 1956, sin olvidar las huelgas obreras de 1976 en Radom y Ursus del 1970, en la costa báltica); el tiempo acelerado y el efecto dominó (“Polonia diez años, Hungría diez meses, RDA diez semanas, Checoslovaquia diez días, Rumanía diez horas, Albania diez minutos ….”. Y obviamente los protagonistas – Havel, Wałęsana, Gorbachov -, los comprimarios – Kohl, Reagan, Thatcher, y sobre todo Juan Pablo II – y las respectivas estrategias. La reconstrución no se abandona a la retórica de la espectacularización ni a la de la imprevisibilidad del acontecimiento: reconduce más bien a un 1989-proceso, incubado en la larga y profunda crisis del sistema soviético y conscientemente acelerado por el reformismo de Gorbachov, que finalmente no es capaz de contener los efectos disruptivos sobre la existencia misma de la Unión Soviética. Inicialmente pilotada por Gorbachov pero también por Reagan, el final de la guerra fría coincidirá con el final del socialismo real, con la ratificación de su irreformabilidad, con el triunfo del modelo occidental, además de con la victoria de la solución autoritaria de Deng Xiaoping a la crisis del comunismo sobre la reformista del líder soviético.

Pero aquí no me interesa tanto detenerme sobre la película, que las celebraciones del treinta aniversario nos harán volver a ver más y más veces, como sobre la continuación a la que, como en toda buena película, el final da inicio. ¿Qué comienza en Europa después del 1989? La Europa central, ¿fue únicamente protagonista o también y sobre todo puesta en juego, entre las potencias que le pusieron fin a la guerra fría, de la revolución de 1989? Si aquella revolución reinventó el mito del pueblo soberrano que toma en sus manos el propio destino, ¿qué hay de aquel pueblo y de aquella soberanía en los populismos soberanistas de hoy? Si el empuje hacia aquella revolución viene de una generación de jóvenes y de intelectuales radicales, abierta, irónica, “no contra el régimen sino más allá”, ¿qué fue de aquella generación y de la protesta a la que le dio voz? Finalmente, si los objetos del deseo de aquella revolución eran la democracia y el “retorno a Europa”, ¿qué es hoy de la democracia en Europa, y de Europa?

Premisas ambiguas, promesas traicionadas.

El recorrido biográfico y político de Orbán, que creció en la última generación del disenso liberal húngaro para llegar en el 2016 al planteamiento de la “democracia iliberal”, o el de Jarosław Kaczyński, formado dentro de Solidarność y ex- consejero de Wałęsa, dan ya amplios indicios para responder. Pero Rupnik articula su análisis sobre una más vasta dimensión en la intersección, como anticipaba antes, entre ambigüedad de las premisas de las revoluciones de la Europa del este y traición de las promesas de la Europa del oeste.

A las ambigüedades y la ingenuidad de las premisas del disenso deben ser adscritos el encaprichamento acrítico por el modelo liberaldemocrático occidental y la adhesión igualmente de acrítica al “Washington consensus” neoliberal; el énfasis sobre los derechos humanos, eficazmente esgrimidos contra el totalitarismo soviético, pero a continuación usados como fuente de legitimación de las “guerras humanitarias” de los años noventa y de la intervención americana en Irak y en Afganistán, circunstancias en las cuales los países de la Europa central estuvieron más próximos a los Estados Unidos que a la U.E.; una concepción de la soberanía popular que se entrecruza con patriotismo nacionalista contra la URSS, y está entonces expuesta ab origine a la deriva populista-soberanista actual. Por otra parte, están las promesas traicionadas por occidente: la oferta de una democracia cada vez más pobre, reducida a un rito electoral, erosionada por la crisis de representación, por la corrupción, por la tiranía de la inmediatez de los mercados y de los medios de comunicación; el mito de una forma post-nacional de la UE – aunque nunca se tradujo a la arquitectura institucional – sin atraer el sentimiento nacionalista de Europa Central; una ampliación de la Unión a los países de Oriente más parecida a una anexión que al “retorno a Europa” que acogieron después de la “confiscación” soviética y drogada por la adhesión común, al oeste y al este, a la religión del mercado.

Hoy Europa está unificada, más que por una controvertida moneda, sólo por la crisis democrática.

Como resultado de estas dos parábolas se dio una construcción europea cargada de malentendidos, y posteriormente comprometida por la crisis económica y por la crisis migratoria, esta última percibida por los países del este como una tapadera del multiculturalismo occidental y postcolonial para su ilusión de contribuir a la refundación de la identidad continental con el redescubrimento de sus propias identidades nacionales. El proceso de unificación de Europa, que miraba hacia los países de Visegrado como ejemplos de transición democrática, se corna en el 2014 con la elección del primer ministro polaco Donald Tusk como presidente del Consejo europeo, convirtiéndose en un generador de nuevas fracturas. Hoy Europa está unificada, más allá de por una controvertida moneda, sólo por la crisis democrática: en la cual, sien embargo, y este es el punto, las “·democraturas” de los países de Visegrado no se presentan tanto como el resultado de un mundo que fue como en calidad de vanguardia de un mundo que viene.

Los ingredientes de la “democracia iliberal” de Orbán – rechazo del estado de derecho en nombre de una concepción absoluta de la soberanía popular; control de los media y de la magistratura; políticas identitarias y nacionalistas: guerras culturales en defensa de los valores tradicionales (dios, patria y familia) contra el “nuevo totalitarismo” de los derechos, se difunden cómo una mancha de aceite en todos los populismos europeos, como sabemos bien desde hace tiempo por el laboratorio italiano, y no solo en los europeos, como sabemos por los Estados Unidos de Trump. Y se insinúan también allá donde los populismos no cuajan y no gobiernan, en las praxis de las postdemocracias cada vez más vaciadas y des-constitucionalizadas, y en el sentido común de sociedades cada vez más atraídas por hombres fuertes y soluciones simples.

Treinta años después de la caída del muro, esta es la conclusión de Rupnik, el ciclo abierto desde el 1989 se completó históricamente y debe cerrarse políticamente con una decisión de discontinuidad. El triunfo del occidente decretado al acabar la guerra fría coincidió realmente con el inicio de su declinar frente al emerger de la potencia china. El nuevo “orden mundial” que los Estados Unidos buscaron imponer exportando la democracia con las armas generó guerras, fundamentalismos, terrorismo internacional y migraciones en masa. La democracia, representada hace treinta años como el destino político espontáneo o forzoso de todo el planeta, se encuentra hoy en una crisis de forma, sustancia y legitimación sin precedentes, en primer lugar en los países que tienen más larga experiencia de eso. La religión del mercado quebró ante una crisis económica sin precedentes. La globalización sacó a inmensas masas de la pobreza en algunas partes del mundo, pero al precio de desigualdades insostenibles en otras, marginalizando el rol de Europa en relación con Estados Unidos y China. Y Europa, de laboratorio de un experimento de unificación postnacional, se convirtió en víctima de empujes disgregadores nacionalistas internos, además de las miras destructivas exteriores de los Estados Unidos de Trump y de la Rusia de Putin.

¿Existe modo para salir de esto? No deben infravalorarse los factores que actualmente aseguran el recinto de la Unión, como las divisiones internas en el grupo de Visegrado, además del hecho de que paradójicamente incluso la opinión pública de aquellos países ve en Europa el único anticuerpo a la deriva autoritaria, “la última trama protectora contra los propios demonios”. Aunque enferma, la democracia tiene todavía sus cartas a jugar contra las expresiones de vuelta del totalitarismo, en el este y en el oeste. Pero a condición, según Rupnik, deunirr democracia y liberalismo, lo que implica distinguir entre liberalismo político y liberalismo económico”.

Existe aquí la intuición y al mismo tiempo el límite del análisis del autor, que justamente le atribuye a la “confusión, y de hecho colusión , entre liberalismo y liberismo” los costes sociales y políticos y los equívocos culturales del ciclo post 1989, pero se ilusiona – como muchos liberaldemócratas – con que esta confusión pueda ser disipada y que esta colusión pueda ser interrumpida deshaciéndose del liberalismo económico y restaurando la normalidad liberaldemocrática. El neoliberalismo que domina el mundo desde hace cuarenta años y que decidió los caracteres y el destino del 1989 es algo más que una superposición o de una confusión entre liberismo económico y liberalismo político: es una forma de racionalidad que somete al código económico del mercado y de la competencia el edificio entero de la convivencia, desde la base antropológica a la cumbre institucional.

La democracia liberal y sus sujetos tradicionales – el individuo racional, el démos forjado por la participación y los valores compartidos, los partidos como sede de práctica regulada del conflicto, la divisón de poder como garantía del estado de derecho – salen modificados no contingentemente, sino estructuralmente. Las nuevas derechas populistas y soberanistas lo comprendieron perfectamente, con su crítica del individualismo, su “reinvención” del pueblo soberano, su explícito desprecio por el estado de derecho: y viajan en la práctica con las manos libre sobre el camino de la democracia iliberal, como confirmó Putin en una entrevista al “Financial Times” de hace pocos días. Es en el campo de la izquierda en el que falta una propuesta a la altura de los tiempos. Sí el neoliberalismo ha sido la última ideología hegemónica del novecento, para sair de su crisis hace falta inventar una contra-hegemonía de semejante potencia, que todavía no se vislumbra en el horizonte.

(Ida Dominijanni).

Publicado el 9-7-2019 en la web italiana “internazionale.it”. Traducido por Administrador, puede verse el original aquí:

https://www.centroriformastato.it/la-democrazia-in-europa-trentanni-dopo-la-caduta-del-muro-di-berlino-2/?fbclid=IwAR2WmhltRRvCDTnKOoDWq3WimTr0fIUKzAAyAd0WJWLROVYyF8VRtIxpAbQ

Foto: Pixabay.

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